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Nuestro Blog: La Mística

En Reflexiones Católicas estrenamos nuevo blog dedicado a La Mística y Los Místicos, donde encontrarás artículos, biografías, vídeos...
 
 
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Lecturas del día 13-10-2017

LITURGIA DE LA PALABRA.

Jl 1,13-15;2,1-2: Está cerca el día del Señor
Sal 9: El Señor juzgará el orbe con justicia.
Lc 11,15-26: El que no está conmigo, está contra mí

Una de las mayores dificultades que afrontó Jesús en su ministerio fue el descrédito de sus obras. Sus adversarios no perdían oportunidad para calumniarlo o atribuir lo que él hacía a alguna intriga del Maligno. Tras esta actitud se ocultaba un gran pecado: no reconocer la acción de Dios. El afán de tener prestigio y ser reconocidos los hacía olvidar que la finalidad última de cualquier discurso religioso es reconocer a Dios allí donde él se quiere manifestar, y no, como hacían los fariseos, publicitar al propio partido o movimiento. La frase con la que concluye el primer episodio (v.20) nos ayuda a comprender la dinámica del bien, la bondad y el amor. Las obras buenas, la misericordia, la caridad eficaz se deben reconocer más allá de cualquier frontera. Nuestro deber como cristianos es colocarnos de parte de las personas que transforman positivamente este mundo de miseria y de dolor, aunque ellas no compartan nuestras convicciones religiosas.

PRIMERA LECTURA.
Joel 1,13-15;2,1-2
El día del Señor, día de oscuridad y tinieblas

Vestíos de luto y haced duelo, sacerdotes; llorad, ministros del altar; venid a dormir en esteras, ministros de Dios, porque faltan en el templo del Señor ofrenda y libación. Proclamad el ayuno, congregad la asamblea, reunid a los ancianos, a todos los habitantes de la tierra, en el templo del Señor, nuestro Dios, y clamad al Señor. ¡Ay de este día! Que está cerca el día del Señor, vendrá como azote del Dios de las montañas. Tocad la trompeta en Sión, gritad en mi monte santo, tiemblen los habitantes del país, que viene, ya está cerca, el día del Señor. Día de oscuridad y tinieblas, día de nube y nubarrón; como negrura extendida sobre los montes, una horda numerosa y espesa; como ella no la hubo jamás, después de ella no se repetirá, por muchas generaciones.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 9
R/.El Señor juzgará el orbe con justicia.

Te doy gracias, Señor, de todo corazón, proclamando todas tus maravillas; me alegro y exulto contigo y toco en honor de tu nombre, oh Altísimo. R.

Reprendiste a los pueblos, destruiste al impío y borraste para siempre su apellido. Los pueblos se han hundido en la fosa que hicieron, su pie quedó prendido en la red que escondieron. R.

Dios está sentado por siempre en el trono que ha colocado para juzgar. Él juzgará el orbe con justicia y regirá las naciones con rectitud. R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Lucas 11,15-26
Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros

En aquel tiempo, habiendo echado Jesús un demonio, algunos de entre la multitud dijeron: "Si echa los demonios es por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios."

Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo en el cielo. Él, leyendo sus pensamientos, les dijo: "Todo reino en guerra civil va a la ruina y se derrumba casa tras casa. Si también Satanás está en guerra civil, ¿cómo mantendrá su reino? Vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú; y, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo les demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros. Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros. Pero, si otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte el botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por el desierto, buscando un sitio para descansar; pero, como no lo encuentra, dice: "Volveré a la casa de donde salí." Al volver, se la encuentra barrida y arreglada. Entonces va a coger otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio."

Palabra del Señor.


Reflexión de La Primera Lectura: Joel 1, 13-15; 2,1-2 ss.Está cerca el día del Señor.

Una espantosa invasión de saltamontes lo ha devastado todo, revelándose como una auténtica catástrofe. Por donde han pasado, sólo han dejado destrucción y muerte. Ha desaparecido la alegría de los rostros de los labradores, que han visto desaparecer como humo el fruto de tantas fatigas. Pero también ha desaparecido a alegría del rostro de los sacerdotes, «porque ha quedado sin ofrendas ni libaciones el templo de vuestro Dios» (1,13). ¡Es un luto nacional! Es menester convocar una solemne liturgia penitencial, porque la terrible calamidad está cargada también simbólicamente: es un aviso de la proximidad del «día del Señor», «día de tinieblas y de oscuridad» (2,2a), un día en el que también la naturaleza estará implicada. La invasión devastadora de los saltamontes, que por su número oscurecen el cielo, se convierte en prefiguración del día en el que el Señor vendrá a juzgar a los impíos. Será un día espantoso: «No hubo otro antes como él ni se verá jamás otro igual» (2,2b). La furia devastadora del flagelo natural está presentada como un ejemplo que invita a la reflexión, a la oración, a la conversión y a la penitencia. Será un acontecimiento que sorprenderá a todos por sus proporciones y sus consecuencias.

El profeta, apoyándose en un fenómeno natural, una plaga no infrecuente en la Palestina de aquellos tiempos, proyecta su mirada sobre un acontecimiento único, definitivo, para el que es preciso prepararse con la penitencia a partir de la penitencia de los sacerdotes («Sacerdotes, vestíos de sayal; lamentaos, dad gritos, ministros del altar»: 1,13). Joel es un profeta ligado al templo y predica la conversión —ésta comienza precisamente por los agregados al templo— para extenderla después «a todos los habitantes de esta tierra» (1,14). 

Reflexión del Salmo 9. El Señor juzgará el orbe con justicia.

Es un salmo de acción de gracias individual con algunos elementos de súplica individual (14-15.20-21). En él, una persona da gracias al Señor de todo corazón por las maravillas y hazañas que ha llevado a cabo. E invita a otras personas a celebrarlo festivamente (12), probablemente en el templo de Jerusalén, lugar al que el salmista ha debido desplazarse con la intención de ofrecer un sacrificio de acción de gracias y para contar al pueblo cómo le ha liberado el Señor.

Tiene claramente una introducción (2-3) en la que el salmista le da gracias a Dios, proclama sus maravillas, se alegra, exulta y toca instrumentos en honor del Altísimo. Además de la introducción, cuenta con un cuerpo central heterogéneo en el que se presentan los motivos de su agradecimiento (4-13.16-18), junto con algunas peticiones (14-15.20-21). La primera traducción, conocida como la de los Setenta, une en uno solo los salmos 9 y 10, mientras que la Biblia hebrea los mantiene separados (aquí comienza la diferencia de numeración de los salmos dependiendo de la traducción que uno maneje). Todo invita a creer que, en el pasado, estos dos salmos habrían formado, de hecho, una unidad. Esto es tanto más seguro cuanto que, en hebreo, los salmos 9-10 forman un acróstico, es decir; cada pequeña unidad comienza con uno letra del alfabeto hebreo. Este detalle no puede apreciarse en las traducciones, pero algunas Biblias destinadas al estudio lo ponen de manifiesto. Esto es señal de que estas oraciones, cuando se pusieron por escrito, fueron «reorganizadas» de un modo un tanto caprichoso. Así es como han llegado hasta nosotros.

A pesar de tratarse de una acción de gracias individual, el salmo 9 muestra abiertamente un conflicto superado y, en buena medida, aún por superar. De hecho, el salmista habla de «enemigos» y «enemigo» (4.7), “naciones” «malvado», «malvados» (6.17.18), «pueblos» que practican la injusticia (16 Estos grupos sociales —que podrían reducirse a uno solo— componen una sociedad fundada en la injusticia y en la desigualdad, que excluye y persigue hasta la muerte a cuantos luchan por la justicia. De hecho, se dice que los malvados injustos están bien organizados y ejercen su poder; pues tienen ciudades (7) y derraman sangre (13). Se les compara con los cazadores que cavan fosas y esconden trampas para capturar a los que luchan por la justicia (16), pero el Señor hace que queden atrapados en sus mismas maniobras (17). Se trata, por tanto, de un conflicto abierto entre los malvados injustos y los justos.

Una breve panorámica nos permite descubrir quiénes son los justos a los que protege el Señor y cuál es la situación social en que se encuentran. Se habla del oprimido que vive en tiempos de angustia (10), de personas que conocen el nombre del Señor; que confían en él y que lo buscan (11). Su sangre es derramada sin que nadie, excepto el Señor; haga justicia a esos pobres que claman (1.3). El justo se siente a las puertas de la muerte (14), sometido a cacería por parte de los malvados como si se tratara de un animal de presa (16). ¿Por qué se ha llegado a esta situación? ¿Quién se atrevería a decir o hacer algo? La situación que presenta este salmo es bastante parecida a la de los israelitas en Egipto. La tierra de la libertad y de la vida se había convertido en lugar de opresión y de muerte.

Este salmo nos ofrece una cruda visión de la sociedad en que tuvo su origen: hay muchos implicados en una injusticia que engendra exclusión, pobreza e indigencia. La única esperanza de los oprimidos es el nombre del Señor; el Dios que, tanto en el pasado como en el presente, escuchó y sigue escuchando el clamor de los pobres. Un Dios que inclinó el oído e hizo justicia. Y el salmista le da gracias, sin olvidar la dura realidad de injusticia que ha vivido anteriormente y sin olvidar tampoco la necesidad de seguir suplicando.

Este salmo presenta un vivo y enérgico retrato de quién es Dios. Allí donde hay opresores y oprimidos, el Señor se muestra solidario, convirtiéndose en refugio y fortaleza en tiempos de angustia (10). Dios defiende la causa y el derecho de los justos, impartiendo justicia como un juez (5). Amenazó a las naciones y destruyó al malvado, borrando para siempre su apellido (6), arruinando al injusto y destruyendo sus ciudades (7). Hace justicia, juzga al mundo con justicia, gobierna a los pueblos con rectitud (8-9). La imagen de la fortaleza (10) lleva a pensar en un Dios guerrero y defensor de los indefensos que claman por la justicia, venga la sangre derramada y nunca se olvida del clamor de los pobres (13). Hace justicia capturando al malvado, que cae en su propia trampa (17), y no permite que el pobre quede olvidado para siempre o que se frustre la esperanza de los indigentes (19). Este salmo da gracias por todas esas «maravillas» (2) y «hazañas» (12) que el Señor el Dios del éxodo y de la Alianza, realizó en favor de los pobres e indigentes oprimidos. De este modo, aparece como el Dios juez que hace justicia, borrando para siempre el nombre y la memoria de los malvados (6-7), pues se acuerda del clamor de los pobres, sin olvidarlo nunca (13); no permite que el indigente sea olvidado para siempre y obra de manera que la esperanza de los pobres nunca quede frustrada.

Las palabras y las acciones de Jesús reflejan perfectamente lo que este Salmo dice a propósito de Dios, pues Jesús hace todo lo que el Padre quiere que se haga (Jn 5,19-20). En el Nuevo Testamento encontramos a diversas personas que dan gracias a Jesús por lo que ha hecho por ellas (véase, por ejemplo, Lc 17,16).

Es un salmo de agradecimiento por las hazañas y hechos portentosos de Dios en favor de los pobres y de los oprimidos, Conviene rezarlo cuando queremos dar gracias por su presencia en las luchas y en las victorias de personas y grupos en favor de la justicia cuando conseguimos superar un conflicto; cuando tenemos la experiencia de haber sido liberados de un peligro mortal...

Reflexión primera del Santo Evangelio: Evangelio: Lc 11,15-26: El que no está conmigo, está contra mí

En este pasaje combate Jesús contra dos adversarios: el demonio y «algunos» (para Mateo son los fariseos). Estos le acusan de un modo grave, con una violencia inaudita: es verdad, ese Jesús es un exorcista eficaz, pero recibe sus poderes del mismo demonio que expulsa. Jesús responde con dos argumentos: no es posible pensar que el demonio se expulse a sí mismo, porque su dominio se hundiría. Y, además, los fariseos enseñan también exorcismos especiales a sus discípulos: ¿también están endemoniados ellos? Más bien, deberían reconocer, al ver las obras de liberación del sufrimiento realizadas por Jesús, que aquí actúa el poder de Dios y que, por consiguiente, ya ha llegado el Reino de Dios, con su poder curador y liberador.

El otro gran adversario, que domina todo el pasaje, es el demonio, el «fuerte», que se siente seguro hasta la llegada de Jesús, pues éste se muestra bastante más fuerte que él. Entre Jesús y el demonio se ha entablado un apretado y decisivo combate, que exige al discípulo tomar partido, elegir campo: «El que no está conmigo, está contra mí» (v. 23). No es posible la neutralidad, pues la lucha del Maestro es también la lucha del discípulo. Y esta lucha es escatológica, tiene que ver con el destino final, dado que «el que no recoge conmigo, desparrama» (v. 23).

Una vez encuadrado el discípulo en el bando del “más fuerte”, no por ello puede estar tranquilo; a pesar de todo, debe vigilar, porque la envidia del demonio, que vaga por lugares áridos, lanza contra él ataques cada vez más poderosos, implicándole en un combate terrible.

El discípulo ha sido advertido: estar de parte de Cristo significa participar en su victoria, pero también participar en su combate contra el mal y contra el Maligno, que no se da por vencido con facilidad y quiere arrastrar en su ruina a la mayor cantidad de discípulos posible. La lucha entre Cristo y el demonio continúa así en el corazón de los discípulos. Estos, con coraje y confianza, no pueden sustraerse a esa lucha.

El tema del combate espiritual fue desarrollado por los Padres del desierto, pero sigue siendo una realidad que goza de una impresionante actualidad. A pesar de cierto escepticismo difundido en la sociedad, que se considera evolucionada, el demonio está más presente en el mundo de lo que podemos imaginar. En algunos momentos, casi de repente, es posible percibir lo arraigada que está su presencia. Su fuerza consiste en hacerse olvidar y en aparecer bajo los aspectos más seductores y tranquilizadores. Dado que conoce bien a sus presas, lanza por lo general sus ataques por el frente más desguarnecido, por las realidades a las que somos más sensibles. A veces sentimos el ataque verdaderamente como devastador, y la única manera de liberarnos de él parece precisamente ceder. Pero la apuesta es demasiado elevada. Ceder ante él una vez significa abrirle un paso que le hará más fácil el acceso en el próximo asalto.

Reflexión segunda del Santo Evangelio: Evangelio: Lc 11,15-26:

Las armas son las de siempre: oración intensa, recordar continuamente la Palabra del Señor y sus promesas; penitencia; una gran humildad, que nos haga poner toda nuestra confianza en el Señor; vigilancia, para no ser cogidos por sorpresa. En estas condiciones, el desafío asume una fascinación particular: estamos llamados a combatir contra un adversario más fuerte que nosotros, pero con un arma más, un arma que viene del Espíritu Santo. Nuestro adversario se presenta cada vez más fuerte después de cada derrota, pero no tan fuerte que no pueda ser derrotado. Cristo quiere unirnos a su combate, para que también nosotros podamos hacer retroceder el mal que se propaga por el mundo, y hacernos así partícipes de su victoria, aunque esta victoria, cuando estamos inmersos en el duro combate, pueda parecernos no rara vez una ilusión lejana.

La presencia del demonio nos invita a reflexionar sobre el carácter dramático de la existencia cristiana, sobre el poder del mal, sobre lo que está en juego, sobre la grandeza de la victoria de Cristo, sobre la necesidad de encuadramos de una manera abierta y decidida de su parte, sobre la convicción de que el combate espiritual es parte esencial del discípulo de Cristo.

Reflexión tercera del Santo Evangelio: Evangelio: Lc 11,15-26: El Hombre dividido. Lc 11,15-26: El que no está conmigo, está contra mí

Todo reino dividido va a la ruina. La historia de la vida política confirma esta afirmación. En la Biblia, se habla de la división del reino entre septentrional y meridional después del período glorioso del rey Salomón (1R 12).

Los cismas y las apostasías debilitan a la Iglesia y su expansión en el mundo, pero la historia es el reflejo de lo que ocurre en el espíritu humano. Ay de mí, dos almas habitan en mi pecho y una se quiere separar de la otra, escribe Goethe. El poeta latino Ovidio señala maravillado el comportamiento de quien predica el bien y hace el mal. San Pablo describe de modo dramático la división interior: «Por cuanto no hago el bien que quiero; antes bien, el mal que no quiero... me complazco en la ley de Dios según el hombre interior; pero veo otra ley en mis miembros» (Rm 7,18-23). ¿Se puede vencer esta división? ¿O debemos resignarnos a ser, como decía Pascal, mitad ángel y mitad animal? Los movimientos ascéticos, el monaquismo, parten de la convicción optimista de que esta división puede ser superada, de que el hombre puede llegar a ser interiormente uno, para reunir, después, al mundo.

La encuentra barrida y arreglada. La división interior del hombre no puede provenir de Dios. Él ha creado el paraíso del corazón. Pero este es devastado por el mal, que aparece bajo forma de malos pensamientos, como la serpiente que entró en el paraíso. San Efrén compara el corazón humano con un pequeño jarrón. Si el jarrón está lleno, no podemos añadirle nada; si está vacío, se puede llenar de cualquier cosa. El sentido de la metáfora doble, de la casa vacía y del jarrón vacío, es el mismo: la mente vacía, no concentrada en nada útil, está expuesta al peligro de los malos pensamientos. El proverbio dice que el ocio es el padre de los vicios, De hecho, don Bosco creía en el principio pedagógico de mantener siempre ocupados a los muchachos con el trabajo y con el juego, para que nunca tuvieran tiempo de pecar.

Debemos gobernarnos a nosotros mismos con el mismo principio: concentrarnos en el bien para no tener tiempo de pensar en el mal.

Quien no está conmigo, está contra mí. Mantenerse ocupados con cosas útiles: ¿pero qué es útil? Se podrá contestar sólo cuando hayamos contestado a esta otra pregunta: ¿que queremos de verdad? Quien quiere ser rico considera útil todo lo que lo ayuda a ganar dinero. Quien quiere ser un gran científico intenta estudiar sin pérdida de tiempo. El cristiano quiere muchas cosas para su vocación y sus intereses, pero no debe olvidar nunca su fin último: la unión con Cristo. Todo lo que lo lleva fuera de esta dirección va contra él mismo.

Mucha gente, antes de morir, confiesa que ha pasado mucho tiempo de su vida en cosas inútiles. Para prevenir este daño es mejor no perder nunca de vista el fin de nuestra existencia, como la cima de la montaña que queremos subir.

Reflexión cuarta del Santo Evangelio: Evangelio: Lc 11,15-26: Si yo echo los demonios con el dedo de Dios.

Este relato (del que comentamos fundamentalmente los versos 11, 14-23) ha recogido el momento más hiriente de la polémica de Jesús con la autoridad religiosa de su pueblo. Nadie ha puesto en duda su capacidad como exorcista; pero los fariseos atribuyen sus milagros al influjo de Satán (o Beelzebul), que actúa a través de su persona (11, 15) y quiere pervertir a todo el pueblo, utilizando como cebo la pobre curación de unos posesos. Indudablemente, el argumentó fariseo muestra cierta coherencia. ¿Cuál ha sido la respuesta de Jesús a esas palabras?

Una primera respuesta consiste en suponer que su exorcismo se mantiene en la línea de los exorcismos fariseos. Si él es un esclavo de Satán, también lo serán ellos (11, 19). Debemos anotar que este argumento ha penetrado en el problema, pero es internamente incapaz de resolverlo. Los enemigos pueden responder que ellos expulsan los demonios con la fuerza de la ley (de Dios), mientras Jesús se vale de la magia (del poder del diablo).

Tampoco el segundo argumento s totalmente conclusivo. Es cierto que un reino dividido y combatido desde dentro se derrumba (11, 17-18). Pero los enemigos pueden responder que esa división es aparente; Satán finge perder y ofrece una ventaja relativa a los, poderes de lo bueno (dejando que se cure algún enfermo) para atenazar más profundamente a todo el pueblo. Debemos señalar que este argumento puede interpretarse de maneras diferentes. Para los fariseos, lo valioso es la ley; por eso, la curación de unos enfermos significa un dato secundario. Para Jesús, la curación (liberación) de un desgraciado tiene un valor definitivo. Por eso, si Satán permite una derrota en ese campo es que en verdad se encuentra ya perdido.

Hay un tercer argumento que alude a la llegada del «más fuerte» (11, 2 1-22). En principio, el dato se refiere a Dios, que se revela como «más fuerte» que Satán, que era fuerte y hasta ahora había dominado sobre el gran palacio de la tierra. A la luz de esta visión, los exorcismos de Jesús se muestran como el signo (el campo de batalla) en el que Dios actúa en contra de Satán y le derrota.

Todos estos argumentos se mueven sobre un plano de fe y se han condensado en la palabra decisiva que proclama: «Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (11, 20). «Dedo» significa aquí la fuerza o el poder de la actividad de los que se realiza por medio de Jesús.

Jesús tenía la certeza de ser un instrumento de la obra salvadora de Dios entre los hombres. El mismo dato se ha expresado al confesar que es el Espíritu (o el dedo) de Dios el que actúa a través de sus exorcismos.

Ciertamente, el reino es un futuro y se confunde con la plenitud de Dios a la que tienden los humanos. Sin embargo, el reino es a la vez algo presente; es precisamente aquello que sucede y se realiza cuando Jesús expulsa a los demonios, perdona los pecados y suscita un campo de fraternidad entre los hombres. No viene el reino en signos exteriores, en estrellas que se caen por la peste o en la guerra. El reino acaece (se empieza a mostrar) allí donde Jesús libera a los hombres de la fuerza del diablo (lo inhumano) y les conduce hacia el futuro de gracia, libertad y vida. Esta es la fe del evangelio, en contra de, la opinión de los fariseos, que interpretan la obra de Jesús como expresión de la presencia y el influjo de Satán, el diablo…

Elevación Espiritual para este día.

Sus amigos, que venían a verle, pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería dejarles entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética, haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y chillando: « ¡Vete de nuestro dominio! ¿Qué tienes que hacer en el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución». Al principio, los que estaban afuera creían que había hombres peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras, pero, cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron cuenta de que eran los demonios los que estaban en el asunto, y, llenos de miedo, llamaron a Antonio.

Él estaba más inquieto por ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta, les aconsejó que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: «Sólo contra los miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que se enloquezcan ellos mismos».

Entonces se fueron, fortalecidos con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir ningún daño de los demonios. Pero tampoco se enojaba por la contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de visiones y la debilidad de sus enemigos le daba un gran alivio en sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarle muerto, pero le escuchaban cantar: “Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian. Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios” (Sal 67,2). Y también: «Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé» (Sal 117,10).

Reflexión Espiritual para el día.

Antonio se marchó al desierto para combatir a los demonios en su terreno. Fue una declaración de guerra a los demonios, los cuales le atormentaron y se las ingeniaron para expulsarle de su terreno. Antonio creía que, gracias a su lucha con los demonios, algo se volvería más claro y más sano también para los hombres del mundo. Si él vencía a los demonios, éstos tendrían también menos poder sobre los hombres que estaban en el mundo. En consecuencia, su combate con los demonios adquiere una función vicaria respecto al mundo.

La tentación se convierte así en parte esencial de la vida. La vida del hombre está marcada por un conflicto continuo. No podemos contentarnos con vivir al día. Debemos hacer frente a los ataques que la vida trae consigo. Nunca habrá un tiempo en el que podamos dormir en los laureles. Las tentaciones nos acompañarán más bien hasta el final de la vida. Dijo Antonio: «Nadie, si no es tentado, puede entrar en el Reino de los Cielos”; de hecho —dice— suprime las tentaciones, y nadie se salvará (Apotegmas, 5). Y otro eremita: «Si el árbol no es sacudido por los vientos, ni crece ni echa raíces. Así ocurre también con el monje: si no es tentado ni soporta la tentación, no se convierte en hombre» (Apotegmas, 396). Quien se entrega a la tentación de los demonios encuentra la verdad de su alma, descubre ideas crueles, imágenes sádicas, fantasías inmorales. Nos convertiremos en hombres maduros sólo si aceptamos esta verdad, sólo si damos la talla en esta tentación. Conocer la tentación, sin ser aplastados por ella, es un método que nos mantiene vivos, un método que nos recuerda incesantemente que no podemos mejorar solos, sino que sólo Dios nos puede cambiar. Únicamente Dios puede darnos la victoria en la lucha contra las tentaciones, una paz profunda que, si falta el combate, no puede ser experimentada con la misma intensidad.

El rostro de los personajes y pasajes y narraciones de la Sagrada Biblia y del Magisterio de la Santa Iglesia. Como un «Diesirae».

Joel acaba de pintar con rasgos de tragedia nacional la peste de langosta que ha asolado a todo el país. A modo de ejército innumerable y bien organizado avanzaba paso a paso dejando tras de sí la desolación y la muerte. Las cosechas de vinos y cereales están perdidas. La alegría se ha borrado, del rostro de los campesinos y sacerdotes. De los primeros es evidente el porqué. De los segundos, porque no había ni diezmos ni oblaciones, ni sacrificios por carecer de lo más elemental que poder ofrecer a Yavé. Será un año de luto nacional.

¿Qué se puede hacer? Al profeta cultual sólo se le ocurre invitar a la oración y la penitencia. Los profetas anteriores a él habían combatido estas manifestaciones por vacías, fatuas y fetichistas. Con ellas se había pretendido cubrir lo torcido de sus corazones, Ahora todo es distinto. La exterioridad en saco, luto y duelo brota de una fuerte vivencia de la necesidad de Yavé, porque sus cosechas, sus acciones y sus vidas estaban en manos de Dios. Es la auténtica liturgia que brota del corazón.

Sin embargo, el profeta no interpreta la calamidad como castigo por los pecados del pueblo o sus dirigentes. Lo que en ello ve es un presagio de la proximidad del «Día de Yavé». La meta que persigue es la misma: oración penitencia conversión. El motivo es distinto.

Siempre que Dios interviene en la historia, de su pueblo dirigiéndola y revelándose, los profetas lo pintan con los típicos rasgos de las teofanías y pasarán al recuerdo como «días del Señor», días de visitación, días históricos de encuentros humano-divinos, días purificatorios, porque el hombre «de labios impuros» no puede acercarse a Dios. En esta serie de “días” históricos, habrá uno que será «eschatón», el último, el día central dé la acción redentora de Dios aquel día y hora que se cumplieron en Cristo inicialmente y cuya consumación coincidirá con el fin de la historia del tiempo para abrirse a una eternidad de cielos y tierra nuevos cuando los profetas señalan el día escatológico, el día de la instauración mesiánica lo hacen con un colorido simbólico que a veces se vuelve fenomenológico. Y el temor humano ante la justicia de Yavé se hace extensivo a la naturaleza entera, que cubre y tiembla asustada ante semejante día. La unión de la naturaleza a los destinos del hombre es algo habitual en toda la literatura profética.

Para Joel, aquel día está significado en la oscuridad y tinieblas, en la negrura del nubarrón que presentan las bandas de langosta extendiéndose sobre los campos. Así será aquel día. Para Joel, como para cualquier hebreo, el juicio del día de Yavé no era una ficción jurídica, sino una justicia punitiva y vindicativa para el hombre a través de los elementos naturales. Parece decir que la visión de estas nubes de langosta arrasándolo todo os sirvan de ejemplo de cómo Dios realizará su justicia y castigará a los culpables. Estad preparados. Haced oración y penitencia. Es lo mismo que repetirá Jesús a sus discípulos cuando les hable no del día escatológico que Él encarnaba, sino de la consumación de dicho día al final de los tiempos, sirviéndose de este mismo lenguaje profético-apocalíptico.+

Enviado el Viernes, 13 octubre a las 00:00:00 por Administracion
 
 
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