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Esta página web nace con nuestro mayor cariño para dar a conocer, dentro de nuestras humildes posibilidades, la Palabra de Dios; los usos y  costumbres de la Iglesia Católica; la Compostura ante nuestro Dios dentro del Claustro de la Iglesia; diversas oraciones que los católicos debemos aprender; y otros muchos aspectos relacionados con nuestra Iglesia, algunos bien conocidos y otros menos.

También tendrán cabida, en cada una de las secciones, nuestras reflexiones en voz alta, que esperemos sean de ayuda para aquellos que nos honren con su visita en busca de mejorar su espiritualidad.

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Gracias os damos

Gracias os damos, Dios de misericordia, por haber señalado vuestra clemencia para con nosotros al bendecir esta página, que comenzó su andadura hace ahora tres años, con un 6..000.000 de visitantes, a los cuales les damos gracias por atender lo que propusimos en el comienzo de nuestro caminar, al amparo misericordioso de vuestra Santa Palabra, atendiéndola, aprendiéndola y cumpliéndola bajo vuestra protección.


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Lecturas del día 06-07-2015

LITURGIA DE LA PALABRA.

Gn 28,10-22a: “Yo te acompañaré a donde vayas”
Sal 90: Dios mío, confío en ti.
Mt 9,18-26: “Ven tú, y mi hija vivirá”

Las protagonistas del evangelio de hoy son dos mujeres. La situación de la mujer judía en la época de Jesús era similar a la de otros pueblos del Medio Oriente: en una cultura y sociedad fuertemente patriarcales, la mujer dependía en todo y para todo del varón: del padre, si era soltera, o del esposo, si era casada. Se consideraba escandaloso que una mujer hablara en público con un extraño, y más aun que un rabino se entretuviera a hablar con alguna mujer (véase Jn 4,7.27). En Israel la mujer estaba excluida del culto, lo que implicaba un lugar aparte para las mujeres tanto en el Templo como en las sinagogas.

Pero estudiando profundamente la Biblia (AT y NT), descubriremos que ante Dios todos somos iguales; que somos sus hijos e hijas, y que la misma Escritura sugiere la trascendencia de Dios por sobre la diferenciación sexual. La actitud de Jesús frente a la mujer es absolutamente novedosa. En el proyecto del reino ellas tienen un lugar en igualdad de condiciones con el varón. Jesús las toma en cuenta, habla con ellas, las hace protagonistas. Lamentablemente la historia social y de la Iglesia han estado marcadas por un fuerte patriarcalismo (machismo, en buenas cuentas) que sigue excluyendo a la mujer de importantes aspectos de la vida social, laboral, e incluso religiosa. Nuestra tarea conjunta es trabajar por la dignidad y la igualdad de todos los seres humanos sin ningún tipo de discriminación.

PRIMERA LECTURA.
Génesis 28,10-22a
Vio una escalinata y ángeles de Dios que subían y bajaban y a Dios que hablaba

En aquellos días, Jacob salió de Berseba en dirección a Jarán. Casualmente llegó a un lugar y se quedó allí a pernoctar, porque ya se había puesto el sol. Cogió de allí mismo una piedra, se la colocó a guisa de almohada y se echó a dormir en aquel lugar.

Y tuvo un sueño: Una escalinata apoyada en la tierra con la cima tocaba el cielo. Ángeles de Dios subían y bajaban por ella. El Señor estaba en pie sobre ella y dijo: "Yo soy el Señor, el Dios de tu Padre Abrahán y el Dios de Isaac. La tierra sobre la que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu descendencia se multiplicará como el polvo de la tierra, y ocuparás el oriente y el occidente, el norte y el sur; y todas las naciones del mundo se llamarán benditas por causa tuya y de tu descendencia. Yo estoy contigo; yo te guardaré dondequiera que vayas, y te volveré a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que he prometido."

Cuando Jacob despertó, dijo: "Realmente el Señor está en este lugar, y yo no lo sabía." Y, sobrecogido, añadió: "Qué terrible es este lugar; no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo." Jacob se levantó de madrugada, tomó la piedra que le había servido de almohada, la levantó como estela y derramó aceite por encima. Y llamó a aquel lugar "Casa de Dios"; antes la ciudad se llamaba Luz. Jacob hizo un voto, diciendo: "Si Dios está conmigo y me guarda en el camino que estoy haciendo, si me da pan para comer y vestidos para cubrirme, si vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces el Señor será mi Dios, y esta piedra que he levantado como estela será una casa de Dios."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 90
R/:Dios mío, confío en ti.

Tú que habitas al amparo del Altísimo, / que vives a la sombra del Omnipotente, / di al Señor: "Refugio mío, alcázar mío, / Dios mío, confío en ti." R.

Él te librará de la red del cazador, / de la peste funesta. / Te cubrirá con sus plumas, / bajo sus alas te refugiarás. R.

"Se puso junto a mí: lo libraré; / lo protegeré porque conoce mi nombre, / me invocará y lo escucharé. / Con él estaré en la tribulación." R.

SEGUNDA LECTURA.

SANTO EVANGELIO.
Mateo 9,18-26
Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, y vivirá

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un personaje que se arrodilló ante él y le dijo: "Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, ponle la mano en la cabeza, y vivirá." Jesús lo siguió con sus discípulos. Entretanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años se le acercó por detrás y le tocó el borde del manto, pensando que con sólo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y, al verla, le dijo: "¡Ánimo, hija! Tu fe te ha curado." Y en aquel momento quedó curada la mujer.

Jesús llegó a casa del personaje y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo: "¡Fuera! La niña no está muerta, está dormida." Se reían de él. Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano, y ella se puso en pie. La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

Palabra del Señor.

Comentario de la Primera Lectura: Gn 28, 10-22.

El conflicto entre Jacob y Esaú, a raíz del robo de la bendición paterna por parte del primero, provoca un movimiento de huida, que permite el enlace de dos ciclos de tradición: el que sitúa a Jacob en el clan de Isaac, en Berseba, y el que le relaciona con Labán, en Mesopotamia. Como razón de ese desplazamiento, además de la huida, se señala la búsqueda de mujer en la antigua parentela, a imitación de lo que había hecho Abraham para su hijo Isaac (Gén 24). Al hacer el camino entre Berseba y Mesopotamia, Jacob pasa por Betel, el lugar en donde su tradición pisa más firme, desde el punto de vista histórico. Jacob es, en efecto, el patriarca que tiene la morada en el centro de Canaán, entre Siquem y Betel.

La visión nocturna de Jacob, a su paso por Betel, es uno de los momentos teológicamente más densos de todas sus tradiciones. Aquí recibe Jacob la promesa que le sitúa en el filo de la historia iniciada con Abraham, en una teofanía que lateralmente es la legitimación del santuario de Betel. En el relato se funden las versiones yahvista y elohista, aquélla con la visión y la legitimación sagrada del lugar y ésta con la palabra de la promesa (vv 13-16). El episodio se desarrolla en dos momentos: en el primero está la visión nocturna de Jacob y la palabra de la promesa; en el segundo, un rito matutino de consagración del lugar y un voto de Jacob.

La visión se introduce de un modo sencillo y casual: Jacob se detiene en un lugar en donde se le hace noche, coloca una piedra para reposar su cabeza, tiene un sueño. Los tres términos -lugar, piedra, sueño- tienen para el autor, en este contexto, un sentido religioso que luego revelará. El sueño es una teofanía. Jacob ve en él una escalera o una rampa que une el cielo y la tierra, con mensajeros de Dios que establecen la comunicación La comunicación es una palabra que procede de Dios, en la cima, y llega hasta Jacob, en el suelo: es la palabra de la promesa. Tiene el mismo contenido que la promesa abrahamítica (Gén 12, 1-3): multiplicación de la descendencia, posesión de esa tierra, bendición en Jacob y en sus descendientes para todos los pueblos. Dios se presenta al comienzo como el Dios de Abraham y de Isaac y termina con una promesa personal para Jacob: estará con él, le guardará en sus caminos y le traerá otra vez a ese lugar. La reacción de Jacob, al despertar, es la del reconocimiento de la numinosidad de ese lugar y una exclamación que lo define como “casa de Dios” y «puerta del cielo»

En varios rasgos del episodio se descubre una intención de diálogo de réplica a la historia de Babel y a la del robo de la bendición paterna por parte de Jacob. El home no se hace aquí grande por la iniciativa propia de conquistar el cielo, haciendo una torre que da lugar a la total confusión, ni tampoco por una bendición robada que provoca la destrucción de la familia, sino por la iniciativa divina, que tiende el puente hacia el hombre, y por su palabra de bendición, creadora del pueblo. El reconocimiento del lugar como «casa de Dios» hace juego etimológico con el nombre Betel, casa de Dios. El relato hace ver que el nombre del lugar surge a raíz de acontecimiento. En realidad era ya un lugar santo o santuario cananeo. Es el encuentro de Jacob con el Dios de Abraham y dé Isaac lo que lo transforma en el santuario que tuvo tanta importancia en la época de los jueces y luego en el reino del Norte, desde Jeroboam (1Re 12).

El rito que hace Jacob consagra ese lugar como santuario. Este no era en un principio más que una piedra alzada o una estela, al estilo de tantos santuarios primitivos, cananeos e israelitas. El voto de Jacob está ya mirando más allá del viaje que hará a Mesopotamia, y adelantando el futuro que tendrá en ese lugar. Aquí se le abre un futuro con el Dios que se le ha revelado protector y le ha prometido hacerle volver con bien. El patriarca es ahora el hombre que confía en la promesa; y ésta es la que le abre la perspectiva hacia adelante en esa tierra. Jacob está ahora en la actitud del que construye un pueblo, deponiendo la iniciativa que le llevó a destruirlo, en su familia. El pueblo de Dios lo construye el hombre respondiendo a la iniciativa de Dios.

Comentario del Salmo 90

Este salmo es un canto de alabanza hacia el hombre que sabe vivir en el secreto de Dios. Es tal la intimidad que tiene con Él, que aun en las más terribles pruebas tiene la suficiente confianza para decirle: ¡Refugio mío, alcázar mío! «Tú que habitas al amparo del Altísimo, y vives a la sombra del Omnipotente, di al Señor: “¡Refugio mío, alcázar mío, Dios mío, confío en ti!”».

Ya desde estos primeros versículos, nuestros ojos se vuelven veloces hacia Jesucristo. El vivió su secreto en el Padre de quien brotó la fuente de sabiduría que orientó sus pasos en el cumplimiento de su misión.

En el Señor Jesús, más que en ningún otro ser humano, se cumple la palabra de Dios cuando nos anuncia que «la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yavé mira el corazón» (1Sam 16,7). Efectivamente, la mirada de los hombres sobre Jesucristo no fue capaz de ver en Él más que al hijo de un carpintero (cf. Mt 13,55). A partir de entonces, esta mirada se hizo cada vez más necia e insensata hasta que dio lugar al juicio que le llevó a la crucifixión. El Señor Jesús, prisionero de la confusión provocada por tanto juicio inicuo, apoyó su espíritu en Aquel, el único que le conocía verdaderamente, Aquel cuyos ojos traspasaban las apariencias y alcanzaban su corazón: su Padre.

Recordémosle en el huerto de los Olivos. En plena noche, cuando sus discípulos Pedro, Santiago y Juan caen vencidos por el sueño, el Señor Jesús, aun adueñándose el temor de todo su ser, saca del tesoro secreto de su corazón la oración más profunda que pueda generar la fe: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22,42).

Esta oración no es la de un héroe, sino la de alguien que se sabe Hijo de Dios. Por ello y consciente de su cercana y terrible muerte, sabe que su Padre no dejará de ser su roca de salvación. En este atar su voluntad a la voluntad de su Padre vemos el cumplimiento del salmo al proclamar: «Yo lo libraré, porque se ha unido a mí. Le protegeré, pues conoce mi nombre».

Abrazarse a Él, atarse a su voluntad, este fue el gesto y la decisión de Jesús cuando fue conducido a la muerte. Abrazado primeramente a ella, esta tuvo que dejar su presa ante el acto amoroso del Padre que le arrancó del sepulcro.

Volvemos al salmo para escuchar este anuncio: «El me invocará y yo responderé. Con él estaré en la angustia. Lo libraré y lo glorificaré». Me llamará... y oímos al Señor Jesús pronunciando el nombre del Padre casi al borde de la desesperación: ¡Padre, por qué me has abandonado! Sobrepuesto de la tentación, volvió a pronunciar su nombre con la certeza de su salvación, sabía que Él le glorificaría. Confesó como testigo con esta invocación la lealtad y fidelidad del Padre: « ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!». En tus manos, en tu fuerza, en Ti, que eres el único que me ha conocido, acompañado y consolado; en Ti, el único que, mirando mi corazón, me has hallado inocente; en Ti, el único en quien mis secretos mesiánicos han encontrado eco; en Ti deposito mi vida y mi esperanza. ¡Tú me levantarás del sepulcro!

Sabemos por el evangelio de san Lucas (24,1-8) que, al amanecer del domingo, unas mujeres se dirigieron al sepulcro con perfumes y aromas. Al entrar y hallando el sepulcro vacío, dos ángeles les dijeron: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.

¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Eso fue lo que oyeron las mujeres. ¿Cómo iba a permanecer en la muerte alguien que ha puesto toda su confianza en Dios? El Dios que tuvo siempre misericordia de toda la humanidad, incluida Israel, de todos sus pecados e idolatrías, ¿no iba a actuar en el único que mantuvo su inocencia? Habiendo cumplido el Hijo la voluntad del Padre, voluntad que le llevó hasta la muerte y muerte de cruz, ¿iría ahora a defraudar la esperanza del que dio la vida con la certeza de recuperarla? ¿Cómo iba a dejarle a merced de la muerte? La esperanza de vida eterna de Jesucristo hacía parte de sus secretos con el Padre. Por eso el Padre quiso que las mujeres oyeran: ¡no busquéis entre los muertos al que está vivo! ¡No busquéis entre los derrotados al vencedor! ¡No busquéis entre los condenados por malhechores al que yo he declarado santo!

Los apóstoles, testigos de la obra gloriosa del Padre en su Hijo, la anuncian. Lo vemos, por ejemplo, en la siguiente predicación de Pedro: “El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y de quien renegasteis ante Pilato.

Comentario del Santo Evangelio: Mateo 9,18-26.

Este relato presenta la típica estructura de encaje. Se trata, en efecto, de dos episodios tan insertados entre sí que se revelan como dos aspectos de una única realidad: la fe en Jesús, que, si es auténtica, hace pasar de la muerte a la vida. Jairo, jefe de la sinagoga de Cafarnaún, se postra ante Jesús en casa de Mateo precisamente cuando estaba hablando de bodas, de ropa nueva y de vino nuevo (cf. 9,1 6ss). En su discurso de vida se inserta la pena de quien acaba de ver morir a su hija de doce años (cf. Lc 8,42), la edad de las nupcias para los judíos. Jesús se dirige hacia la casa de la difunta cuando una mujer, que sufría hemorragias desde hacía doce años, le toca la orla de su manto, persuadida, por la fe, de que «tocarle» significa salvarse. Y eso es precisamente lo que le oye decir al Señor: «Animo, hija, tu fe te ha salvado» (v. 22). Si perder sangre de continuo simboliza la amenaza de la muerte, la curación de la mujer es preludio de la victoria sobre la muerte que lleva a cabo Jesús enseguida en casa de Jairo. Dice Jesús: «La niña no ha muerto; está dormida» (v. 24).

En efecto, allí donde se hace sitio a Jesús, que vivió la muerte por nosotros en su persona y la «engulló» con su resurrección (cf. 1 Cor 15,55), la muerte corporal se convierte en “dormición”, y dejarse «tocar» por Jesús se convierte en certeza de resurrección. La vida —como un caminar hacia la plenitud de las bodas de amor eterno, teniendo plena confianza en Jesús— encuentra en esta página una interpretación ejemplar. Vivir es caminar en la fe, en esa fe que, en concreto, es «tocar» y «dejarse tocar» por Cristo vivo en la Palabra, en la eucaristía y en el prójimo.

Los baales, los ídolos de muerte denunciados por Oseas, también nos seducen hoy. Son el dinero, la ropa, el culto a la imagen, el sexo, el hedonismo y también ese sutil, aunque obstinado, dominio del ego, mediante el cual, incluso cuando hacemos el bien, nos buscamos más a nosotros mismos y nuestras propias gratificaciones que la gloria del Señor y la venida del Reino. Sin embargo, nuestro corazón está profundamente insatisfecho e inquieto. Es preciso escucharlo mientras grita la desolación de su vacío, de ese adulterio que es dejar perder a Dios en el torbellino del activismo, en la carrera hacia la exageración para prostituirse con alguno de los ídolos que hemos citado más arriba. Y es preciso que nos dejemos conducir por el Señor «al desierto». Para ver con perspicacia que la idolatría del vivir comprometidos con las lógicas de este mundo no sólo es un insulto al Señor de la vida, sino también una progresiva pérdida de vida, como experimentaba la mujer antes de tocar la orla del manto de Jesús, para todo esto, decíamos, resultan preciosos algunos momentos de meditación. Poco a poco se pierde el gusto por la oración, la alegría de hacer el bien, la sensibilidad del «hacerse prójimo». Y, a la larga, se va apagando la vida espiritual. Hay muertos ambulantes con mucho activismo por dentro y apariencia —puede darse!— de bien.

Con todo, es posible la salvación. Se llama Jesús. Este sólo pide que le conozcamos, aunque en lo profundo del corazón: con ese conocimiento de la fe que es «tocarle» como la mujer del evangelio y «dejarse tocar» (coger por la mano) por él como la niña de doce años que se levanta. Jesús es el Esposo que libera a quien habita en las tinieblas (en el vacío) y en sombras de muerte (todo adulterio, prostitución a los ídolos). Con todo, es preciso entrar en contacto con él con una fe orante.

Comentario del Santo Evangelio para nuestros Mayores. Mc 5, 29. Curación de una mujer enferma.

Jesús regresa a la otra orilla del lago de Galilea. La gente acude otra vez a él.
Estos versículos dan comienzo al relato de la resurrección de la hija de Jairo: Jairo se postra ante Jesús con gran respeto y como signo de la sinceridad de su petición. Le pide que le imponga las manos a su hija moribunda para salvarla. Jesús se muestra dispuesto y emprende el camino con él.

La tarea del jefe de la sinagoga es dirigir la liturgia sinagogal y nombrar a los colaboradores. También es responsable del local donde se celebra la liturgia. Por lo tanto sólo los hombres más sobresalientes de la localidad lograban este ministerio.

La curación de la mujer enferma.
El género literario es el de un relato de milagro con sus tres partes A, B, C; cfr. Mc 1,29-3 1; 40-45, etc.

Entre toda la gente que acompaña a Jesús por el camino hacia la casa de Jairo se encuentra una mujer con hemorragias.
La hemorragia (cfr. Lev 15) es causa de impureza y de exclusión de la sociedad. El contacto con una persona afectada por la hemorragia o con objetos de su uso la hacen impura (Lev 15,19-27). Por lo mismo, entrar en el templo o participar en la celebración de las fiestas es imposible para los que padecen hemorragias.

La mujer ha hecho todo lo posible para liberarse de la enfermedad. Debe haber sido adinerada, pero ha gastado todo su dinero buscando la curación por medio de los médicos. Sin embargo, durante doce años cada vez se agravó más su enfermedad. Como consecuencia, debía soportar el rechazo de la sociedad y al final se acostumbró a comportarse con una discreción continua. Después de la desilusión que le habían producido los médicos, pone ahora su esperanza religiosa en Jesús. El relato hace suponer que ha oído hablar de la actuación y enseñanza de Jesús en toda Galilea.

Pero la mujer —como persona que era considerada impura— no se atreve a pedirle ayuda a Jesús públicamente. Como muchos otros enfermos (cfr. Mc 3,10), busca tocarlo, pensando poder recibir de este manera el auxilio de su poder milagroso. Por eso se abre paso desde atrás y toca su manto.

Experimenta realmente la inmediata curación.
Jesús pone de manifiesto la fe y la curación de la mujer.
Este «tocar a Jesús» se diferencia de todos los demás por su fe. Jesús quiere poner esto de manifiesto; pero también quiere ayudarle para que se reintegre en la vida. Esto último lo hace en tres pasos: primero pregunta quién lo ha tocado, luego viene la objeción de los discípulos y finalmente la mujer supera su temor y confiesa su situación a Jesús.

Jesús hace que ella confiese su impureza y sus esfuerzos por curarse. Él alaba su fe y confirma su curación. «El temor y temblor» de la mujer y las palabras bondadosas que Jesús le dirige dejan reconocer que él obra con el poder de Dios y con su misericordia.

Comentario del Santo Evangelio de Joven para Joven. Dos milagros (Mt 9,18-26; cf. Mc 5,29).

Una mujer que padecía flujo de sangre.
El encuentro con los demás tiene lugar de distintas formas, desde el simple estrechar de manos hasta la intimidad. La mujer enferma creía que el simple contacto con Jesús podía tener un poder especial. Orígenes ve en este episodio el símbolo de nuestros primeros encuentros con Cristo, que nos habla a través de la Sagrada Escritura.

Cuando leernos los textos, al principio no los entendemos, por lo menos, no en sentido espiritual. Sólo desciframos el sentido externo de las palabras, de modo superficial. Es como si, también nosotros, tocásemos sólo las vestiduras de Cristo. Pero ya en este primer contacto se manifiesta la fuerza divina. Aunque el sentido profundo de las palabras divinas siga escondido, la lectura comienza a santificarnos. Lentamente, progresivamente, comprendemos también el sentido escondido y así, el contacto externo con Jesús se transforma en un discurso íntimo.

Lo que ocurre con la lectura de la Sagrada Escritura sucede también con las demás formas de devoción de la vida eclesial. Los gestos externos, que al principio parecen rituales vacíos, adquieren poco a poco un sentido interior que nos pone en contacto íntimo con Jesús.

Una hija mía acaba de morir; pero ven y vivirá.
La mujer que sufre de hemorragia toca a Jesús y Jesús toca a la hija de Jairo para resucitarla. Orígenes da también a esto una explicación simbólica. Acercándonos a la lectura de la Sagrada Escritura, accedemos a tocar a Cristo, escondido en las palabras.

En la segunda parte de la liturgia, cuando celebramos la eucaristía, Cristo viene entre nosotros bajo la forma del pan y el vino. Su contacto nos resucita de entre los muertos, asegurándonos la inmortalidad, la vida eterna. Es decir, sucede lo que Jesús había dicho: «Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo» (Jn 6,51).

San Ignacio de Antioquía hablaba de la eucaristía como antídoto contra la muerte. El vivía en un país, Siria, habitado por médicos famosos que curaban todas las enfermedades con hierbas medicinales. Pero no habían encontrado la medicina contra la muerte. San Ignacio de Antioquia, según la tradición, era el niño que Jesús ponía como ejemplo a los apóstoles y, probablemente, fue discípulo de Juan Evangelista. El decía a los médicos de su país que los cristianos ya habían encontrado la medicina contra la muerte: la eucaristía, el cuerpo de Cristo que baja a nuestros altares.

No está muerta, sino dormida.
El contacto con Jesús transforma la muerte en sueño: aquí de la hija de Jairo, más tarde de Lázaro (Jn 11,11), Jesús dice que duermen. Los que llenan la casa de Jairo se burlan de él, los que acompañan el funeral de Lázaro no lo entienden. Entonces, nadie decía de un muerto: descansa en paz.

Existe una semejanza entre el sueño y la muerte. En el sueño el hombre vive, pero pierde contacto con el mundo; no ve, no siente y, sin embargo, fragmentos de su vida, recuerdos, deseos, surgen en sus sueños, Este sueño que parece muerte interrumpe el contacto con el exterior, pero no destruye la vida.

El juicio divino es un poco como el sueño: aparece toda la vida transcurrida confrontada con el deseo fundamental del hombre, la salvación del alma. Entonces, la muerte es verdaderamente un sueño en el que Dios se revela. Como de un sueño nos despertamos a un nuevo día, así Cristo nos despertará para la vida eterna cuando venga el último día a tocarnos con su poder.

Elevación Espiritual para este día.

¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, mas yo no estaba contigo. Me retenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuviesen en ti, no serían. Llamaste y clamaste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté de ti, y siento hambre y sed; me tocaste, y me abrazaste en tu paz.

Reflexión Espiritual para el día.

¡Cómo quisiera, amigo de Dios, que estuvieras siempre lleno del Espíritu Santo en esta vida! «Os juzgaré en la condición en que os encuentre», dice el Señor (cf. Mt 24,42; Mc 13,33-37; Lc 19,12ss).

¡Ay de nosotros si nos encuentra cargados de preocupaciones y fatigas terrestres!
Es cierto que toda buena acción hecha en nombre de Cristo confiere la gracia del Espíritu Santo, pero la oración lo hace más que cualquier otra cosa, ya que siempre está a nuestra disposición. Podrías sentir el deseo, por ejemplo, de ir a la iglesia, pero la iglesia está lejos o bien han acabado los oficios; podrías sentir deseos de hacer limosna, pero no encuentras a ningún pobre o bien no tienes monedas en el bolsillo; es posible que quisieras encontrar alguna otra buena acción para hacerla en nombre de Cristo, pero no tienes fuerza suficiente o bien no se te presenta la ocasión; nada de todo esto, sin embargo, afecta a la oración: todo el mundo tiene siempre la posibilidad de orar.

Es posible valorar la eficacia de la oración, hasta cuando es un pecador el que la hace, si la hace con un corazón sincero, a partir de este ejemplo que nos refiere la santa Tradición: al oír la imploración de una madre desgraciada que acababa de perder a su único hijo, una prostituta, que había encontrado por el camino y se sentía conmovida por la desesperación de aquella madre, se atrevió a gritar al Señor: «No por mí, indigna pecadora, sino a causa de las lágrimas de esta madre que llora a su hijo y sigue creyendo en tu misericordia y en tu omnipotencia, resucítalo, Señor». Y el Señor lo resucitó. Amigo de Dios, éste es el poder de la oración.

El rostro de los personajes y pasajes de la Sagrada Biblia. Génesis 28, 10-22. Vio una escalinata y ángeles de Dios que subían y bajaban y a Dios que Hablaba.

Jacob, como la mayoría de sus contemporáneos, pensaba que Yavé era el «dios» de un lugar, unido a la Tierra Prometida. Si se viajaba fuera de «su» territorio, se perdía su presencia y su protección. Y ocurría con frecuencia que entonces se rendía culto al «dios local», para conciliarse sus favores. Pero he aquí lo que ocurrió, una noche... Jacob salió de Berseba y fue a Jarán. Llegando a un cierto lugar se dispuso a pasar la noche, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar como cabezal y se durmió.

La escena es hermosa. Jacob sale de su país llega a cualquier lugar desconocido, toma una piedra por cabezal y duerme allí.

Tuvo un sueño: «Veo una escalera apoyada en tierra y cuya cima tocaba los cielos y los ángeles de Dios subían y bajaban por ella.

Jacob descubre que su Dios es un Dios universal presente en todo lugar.
Sí, en todo lugar de la tierra hay «comunicación» entre el hombre y Dios: ésta es la significación evidente de esta escalera simbólica por la que ¡suben y bajan los ángeles! El cielo y la tierra están permanentemente unidos. Es el gran proyecto de Dios: establecer entre Dios y los hombres unas relaciones personales. «Religión» quiere decir «religar», “relación”.

¡Cómo nos cuesta, Señor, estar convencidos que es así! En cambio tenemos a menudo la impresión de que no hay comunicación alguna. En este momento, Señor, quiero creer que me miras, que me escuchas, que te interesas por mí como por cada ser del universo.

He aquí que el Señor estaba sobre ella y le decía: «Yo soy el Señor. Estoy contigo; por doquiera que vayas, te guardaré...»

Es casi demasiado hermoso, Señor. Eres un Dios que acompañas a los tuyos. Por lo tanto, no estamos solo. ¡Si hoy, por lo menos pensáramos más en ello!

No te abandonaré sin haber cumplido todo lo que te prometí.
Tu presencia es amical, bienhechora. Tú no eres, Señor, desatento ni indiferente. Repítenos, Señor, esta palabra. Nos la repetimos interiormente. Te tomo la palabra. Cuento contigo.

Despertó Jacob de su sueño y dijo: «Verdaderamente está el Señor en este lugar, y yo no lo sabía.»
Aquí. ¡Donde me encontramos!
«Tú estás aquí, en el corazón de nuestras vidas y Tú eres el que nos hace vivir.» Y nosotros «tampoco lo sabemos» la mayor parte de las veces. ¡Cómo cambiaría todo, si tomáramos conciencia de ello más a menudo!
¡Qué terrible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!

No olvidemos el lugar en el que se encontraba Jacob. Era un lugar ordinario. No era un santuario ni un espacio sagrado en el sentido habitual de la palabra. Era un rincón del desierto... con algunos guijarros solamente.

En el fondo, no hay espacio profano. En todo lugar hay una Presencia. La cocina donde preparo las comidas, el despacho donde trabajo, la fábrica donde me gano la vida, el campo que labro y siembro, la piscina donde me baño, la cama en que descanso, el hospital donde sufro, la escuela donde estudio y aprendo... son lugares donde Dios está.

Esta es la casa de Dios y la puerta del cielo.
¿Soy capaz de descubrir esta realidad, como lo hizo el viejo patriarca, y de que ello cambie mi vida?

Enviado por Administracion el Lunes, 06 julio a las 00:00:00 (35 Lecturas)
 
Lecturas del día 05-07-2015

LITURGIA DE LA PALABRA.

Ez 2,2-5: “Son un pueblo rebelde”
Sal 122: Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.
2Cor 12,7b-10: “Así residirá en mí la fuerza de Cristo”
Mc 6,1-6: Jesús en la sinagoga de su pueblo

Toda la primera parte del Evangelio de Marcos, hasta la “gran crisis” (8,27-30) se suele dividir en tres partes. Cada una de ellas es comenzada por un resumen de la actividad de Jesús, y después por una referencia a los discípulos; luego, cada unidad va mostrando cómo se desencadena el conflicto que conducirá a Jesús a la cruz; de ese conflicto hablará claramente, “abiertamente”, la segunda parte (8,31 en adelante). La primera revela que la dirigencia judía no puede comprenderlo, y “fariseos y herodianos se confabularon para matarle” (3,6). En la segunda, el conflicto tiene que ver con “los suyos”, “su patria”, “su casa” (ver 3,20-21 y 6,4). La tercera ya nos preparará a su muerte, anticipada por la ejecución del Bautista. El relato que hoy comentamos es la unidad conclusiva de esta segunda parte (y se agrega el breve resumen que da comienzo a la tercera: “Jesús recorría las poblaciones de los alrededores, enseñando a la gente” [6,6b]).

Si a “este” lo conocemos bien, ¿de dónde le viene la capacidad? Pero la pregunta no es para saber el origen, sino para poner en duda esa autoridad, el origen de la palabra que él pronuncia. Es una pregunta de descreimiento (falta de fe), y por eso “no puede” hacer allí milagros (el texto en griego juega de un modo muy interesante con las palabras: podría traducirse por “no podía [edúnato] hacer su poder [dúnamin]”).

Es evidente que los signos de Jesús (frecuentemente conocidos como “milagros”, pero en realidad “expresiones de poder”) manifiestan su misión, es decir, su predicación del Reino (ver Lc 11,20), y por ello están en relación directa con la fe. Jesús va por los pueblos predicando, “enseñando” (didaskein). Este verbo es interesante en Marcos ya que siempre tiene a Jesús por sujeto salvo en dos oportunidades: en una (6,30), enseñan los Doce, enviados por Jesús con autoridad (exousía), en la otra (7,7) Jesús se dirige a los fariseos como “hipócritas” y cita a Isaías (29,13) diciéndoles que honran a Dios con los labios, no con el corazón ya que enseñan doctrinas que son preceptos de hombres. Sólo Jesús, el enviado de Dios, puede enseñar, o también quienes se dejan a su vez enseñar por él, los demás enseñan palabras huecas, se apartan del camino de Dios.

La lista de la parentela de Jesús revela, fundamentalmente, que es una persona conocida en su pueblo. Precisamente por ser conocido “no tiene autoridad” para hablar. Es “el carpintero” (o mejor un “trabajador manual”, téktôn), son manos para trabajar materiales sólidos, no para obrar “signos de poder”. Es “de los nuestros “ no puede “enseñar” con “sabiduría”. Por eso es motivo de escándalo, de tropiezo.

Pero el dicho de Jesús, (probablemente una palabra que se remonta al Jesús histórico) no sólo revela que no fue honrado en su “patria”, sino que él mismo lo relaciona con la suerte de los profetas. Es lo más probable que Jesús viera su ministerio como profético, y sus signos en la misma sintonía. Estamos en un tiempo sin profetas, y un profeta era esperado, por muchos, como predecesor del mesías, o de los tiempos mesiánicos. Para Marcos y Mateo especialmente, ese profeta es Juan, pero eso no quita que Jesús se manifieste con características proféticas. Jesús, como muchos, o todos los profetas, es rechazado. Su palabra no es seguida, pero eso no significa que su palabra sea hueca, o palabra de hombres. Jesús predica un Dios que se ha decidido a reinar, que quiere realizar su voluntad entre los hombres. Como los profetas, Jesús anuncia la voluntad de Dios, de un Dios que él revela como padre (abbá); como los profetas, Jesús puede hablar “en nombre de Dios” porque está en sintonía con Él; como los profetas, Jesús enseña los caminos de Dios, frecuentemente rechazados por los hombres; y como los profetas, Jesús es frecuentemente rechazado por ello, no es honrado y su vida se encamina al fracaso, y a la cruz. Pero como “más que un profeta”, ante ese fracaso, Dios todavía tiene una palabra por decir, y la dirá en la Pascua.

Los estudiosos suelen decir que la primera parte del Evangelio de Marcos (que termina en la "Confesión de Pedro") se divide en varias partes más pequeñas; cada una de estas partes empieza con un resumen -llamado habitualmente "sumario"- de la vida de Jesús; después de cada una de ellas viene una referencia a los apóstoles. En este esquema, el Evangelio de hoy es el fin de la segunda de las tres pequeñas partes que se caracterizan por un aumento progresivo en el conflicto que Jesús produce al encontrarse con él. El texto marca un punto clave: Jesús -que es presentado aquí como profeta- se encuentra con la absoluta falta de fe de los suyos, sus amigos y parientes. El "fracaso" de Jesús se va acentuando: en la tercera parte ya se empieza a presentir la "derrota" del Señor anticipada en la muerte del Bautista.

Es característico del Evangelio de Marcos presentar a sus destinatarios el aparente fracaso, la soledad, el escándalo de la cruz de Jesús. Esa cruz es la que comparten con él todos los perseguidos a causa de su nombre, como lo es la comunidad de Marcos. En toda la segunda parte de este Evangelio lo encontraremos al Señor tratando -a solas con los suyos- de revelarles el sentido de un "Mesías crucificado" que será plenamente descubierto por el Centurión -en la ausencia de cualquier signo exterior que lo justifique- como el "Hijo de Dios".

Los habitantes de Nazareth no dan crédito a sus oídos: ¿de dónde le viene esto que enseña en la sinagoga? "Si a éste lo conocemos y conocemos a toda su parentela". La sabiduría con la que habla, los signos del Reino que salen de su vida, no parecen coherentes con lo que ellos conocen. Allí está el problema: "con lo que ellos conocen". Es que la novedad de Dios siempre está más allá de lo conocido, siempre más allá de lo aparentemente "sabido"; pero no un más allá “celestial”, sino un “más allá” de lo que esperábamos, pero “más acá” de lo que imaginábamos; no estamos lejos de la alegría de Jesús porque “Dios ocultó estas cosas a los sabios y prudentes y se las reveló a los sencillos”, no estamos lejos de la incomprensión de las parábolas: no por difíciles, sino precisamente por lo contrario, por sencillas. El "Dios siempre mayor" desconcierta, y esto lleva a que falte la fe si no estamos abiertos a la gratuidad y a la eterna novedad de Dios, a su cercanía. Por eso, por la falta de fe, Jesús "no podía hacer allí ningún milagro"; quienes no descubren en Él los signos del Reino no podrán crecer en su fe, y no descubrirán, entonces, que Jesús es el enviado de Dios, el profeta que viene a anunciar un Reino de Buenas Noticias. Esto es escándalo para quienes no pueden aceptar a Jesús, porque "nadie es profeta en su tierra". Y quizás, también nos escandalice a nosotros... ¿o no?

Jesús es mirado con los ojos de los paisanos como “uno más”. No han sabido ver en él a un profeta. Un profeta es uno que habla “en nombre de Dios”, y cuesta mucho escuchar sus palabras como “palabra de Dios”; cuesta mucho reconocer en quien es visto como “uno de nosotros” a uno que Dios ha elegido y enviado. Cuesta pensar que estos tiempos que vivimos son tiempos especiales y preparados por Dios (kairós) desde siempre. Pero en ese momento específico, Dios eligió a un hombre específico, para que pronuncie su palabra de Buenas Noticias para el pueblo cansado y agobiado de malas noticias. No es fácil reconocer el paso de Dios por nuestra vida, especialmente cuando ese paso se reviste de “ropaje común”, como uno de nosotros. A veces quisiéramos que Dios se nos manifieste de maneras espectaculares ‘tipo Hollywood’, pero el enviado de Dios, su propio Hijo, come en nuestras mesas, camina nuestros pasos y viste nuestras ropas. Es uno al que conocemos aunque no lo re-conocemos. Su palabra, es una palabra que Dios pronuncia y con la que Dios mismo nos habla. Sus manos de trabajador común son manos que obran signos, pero con mucha frecuencia nuestros ojos no están preparados para ver en esos signos la presencia del paso de Dios por nuestra historia.

Muchas veces nosotros tampoco sabemos ver el paso de Dios por nuestra historia, no sabemos reconocer a nuestros profetas. Es siempre más fácil esperar o cosas extraordinarias y espectaculares, o mirar alguien de afuera. Es mucho más “espectacular” mirar un testimonio en Calcuta que uno de los cientos de miles de hermanas y hermanos cotidianos por las tierras de América Latina que trabajan, se “gastan y desgastan” trabajando por la vida, aunque les cueste la vida. Es mucho más maravilloso mirar los milagros que nos anuncian los predicadores itinerantes y televisivos, que aceptar el signo cotidiano de la solidaridad y la fraternidad. Es mucho más fácil esperar y escapar hacia un mañana que ‘quizá vendrá’, que ver el paso de Dios en nuestro tiempo, y sembrar la semilla de vida y esperanza en el tiempo y espacio de nuestra propia historia. Todo esto será más fácil, pero, ¿no estaríamos dejando a Jesús pasar de largo?

PRIMERA LECTURA.
Ezequiel 2,2-5
Son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos

En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie, y oí que me decía: "Hijo de Adán, yo te envió a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí. Sus padres y ellos me han ofendido hasta el presente día. También los hijos son testarudos y obstinados; a ellos te envió para que les digas: "Esto dice el Señor." Ellos, te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos."

Palabra de Dios.

Salmo responsorial: 122
R/.Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo. Como están los ojos de los esclavos fijos en la manos de sus señores. R.

Como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora, así están nuestros ojos en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia. R.

Misericordia, Señor, misericordia, que estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos. R.

SEGUNDA LECTURA.
2Corintios 12,7b-10
Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo

Hermanos: Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: "Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad." Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.

Palabra de Dios.

SANTO EVANGELIO
Marcos 6,1-6
No desprecian a un profeta más que en su tierra

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?" Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa." No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

Enviado por Administracion el Domingo, 05 julio a las 00:00:00 (49 Lecturas)
 
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